Originalmente una diosa frigia,
Cibeles (en griego antiguo Κυβέλη Kybélê, nombre al que a veces se da la
etimología de «la del pelo» si se considera griego en lugar de frigio) era la
diosa de la Madre Tierra que fue adorada en Anatolia desde el neolítico. Como la
Gea o su equivalente minoica Rea, Cibeles era la personificación de la fértil
tierra, una diosa de las cavernas y las montañas, murallas y fortalezas, de la
naturaleza y los animales (especialmente leones y abejas). Su equivalente romana
era Magna Mater, la Gran Madre. Su título «Señora de los Animales», que también
ostentaba la Gran Madre minoica, revela sus arcaicas raíces paleolíticas. Es una
deidad de vida, muerte y resurrección. Su consorte, cuyo culto fue introducido
más tarde, era su hijo Atis.

Fue esposa del titán Crono y progenitora de los dioses olímpicos. Se la
representa con una corona con forma de muralla y siempre acompañada de leones.
Esta diosa en la mitología es representada sobre un carro que simboliza la
superioridad de la madre Naturaleza, a la que incluso se subordinan los
poderosos leones que tiran del carro. La leyenda los relaciona con una singular
pareja mitológica, Hipómenes (Melanión, en otras versiones) y Atalanta, que
compitieron en una carrera de velocidad. La astucia de Hipómenes -inspirado por
la diosa del amor, ya que el premio era la mano de Atalanta- hizo caer al suelo
unas manzanas de oro que atrajeron la atención de Atalanta y la distrajeron de
la carrera, que perdió. El mito concluye con la unión impía de los amantes
dentro de un recinto sagrado de Zeus, quien, irritado, los convirtió en leones.
Más tarde Cibeles, compadecida, los habría uncido a su carro. Adicionalmente
para iniciar el culto como sacerdote de Cibeles estos, eran castrados como una
contribución a la madre tierra, además hacían un sacrificio matando toros y
bebiendo su sangre.